En la última planta del emblemático edificio Louis Vuitton, Champs Elysées con George V, se esconde un tesoro. Digo se esconde, porque no hay evidencia alguna de su existencia. Es el espacio cultural Louis Vuitton: una sorprendente galería de arte, que bien podría encontrarse en el East End Londinense si obviáramos las impresionantes vistas, que abarcan desde Montmartre a la Tour Eiffel.
El secretismo con que se trata éste espacio es directamente proporcional a la espectacularidad con que se atrae la atención a la tienda. Y es que en Vuitton han sabido entender que para atraer a las personas interesadas en la cultura hay que alejarlas del ruido con que se machaca a las hordas de orientales que peregrinan para adquirir lo máximo que permita el límite con que se raciona la cantidad de objetos por pasaporte que se les permita adquirir.
Así, al ático del gigante elíseo sólo puede accederse por un angosto ascensor, que tiene sólo tres paradas: una en un callejón trasero del edificio, otra en una recóndita sala de la tercera planta de la tienda principal, y la galería en sí. Avisado de tal maravilla, estuve dando vueltas a la búsqueda de alguna indicación en el interior del edificio, hasta que me decidí a preguntar al personal: enseguida dispusieron a una señorita para que me acompañara a la puerta del ascensor anónimo, me explicó que bastaba con apretar un botón y esperar a que llegara el ascensorista…Transcurrió algo de tiempo antes de que se abriera la puerta ante la cual estaba, y apareciera un espigado y estirado muchacho vestido de negro que flanqueaba la entrada a la cabina acolchada en negro. Antes de comenzar el ascenso, me preguntó si tenía alguna fobia a la oscuridad; no, le contesté con naturalidad; cerró las puertas y se hizo la oscuridad más absoluta. Sentir que asciendes en una cámara estanca es una experiencia única, y la mejor manera para degustar la vista con las piezas que esperan arriba.
“Anichroches. Variations, Choral et Fuge” es el nombre de la exposición en curso. Nueve instalaciones y un nexo común: el sonido. Al abrirse el ascensor, nos encontramos en mitad de un bosque de troncos cortados: sí, troncos cortados al ras, de manera que vemos las huellas del tiempo y escuchamos, al tiempo, el sonido del plato de un tocadiscos girar…y es que las huellas giran con formato single o LP, según la importancia del árbol. Obra se Su-Mei Tse. A ambos lados de ésta sala se encuentran los dos accesos a un camino en herradura que ha creado Christina Kubisch: un pasillo rotondo de cuyo techo caen varios grupos de cables dispuestos en círculo. Aparentemente nada sucede, ni nada se escucha. Pero si nos ponemos unos cascos dispuestos en ambos accesos, al entrar en cada “medusa” alámbrica se escuchan unas atronadoras ondas magnéticas que emiten diferentes tipos de frecuencia, creando distintas melodías, si es que así se pueden considerar.
En una sala adlátere, Stéphane Vigny monta una revolución de platillos que contagian una vibración constante con el consiguiente resultado sonoro.
El efecto es muy impresionante, y me hace recordar la maravillosa pieza de Jaume Plensa en el hall de la zona residencial del Burj Khalifa (Dunbai): un estanque de plantas-platillo a diferentes alturas, sobre el que gotea el agua desde metros de altura, convirtiendo cada gota en un maestro de percusión. Junto a la pieza de Vigny, una puerta insonorizadora invita a entrar en una rotonda de ipads, cada uno de los cuales tiene un programa diferente para componer sonidos táctilmente.
La pieza, Le Septuor, ha sido creada exprofeso por los responsables del espacio, y está muy lograda. Incluso se puede grabar lo que cada uno compone y después recuperarlo a través de Sound Cloud (una aplicación de Iphone, of course).
Un explosivo Chelo testimonia la participación de Charlotte Moorman, mientras que Thierry Mouillé juega transforma los instrumentos de viento creando una original y estética escultura ´ -muda, eso sí.
la máxima del día, ante la pieza estrella de Mouillé
Laurent Salsisk, sin embargo, realiza el proceso contrario, construyendo unos arquitectónicos triángulos de vidrio y perfil de acero en la sala contigua, con unos sensores sensibles al movimiento que cantan según se penetra en sus recovecos.
Otra versión dela máxima del día, con la instalación de Salsisk
Y al final encontramos la pieza de Anri Sala, sobre el cual escribí en un blog previo a raíz de su monográfica de la Serpentine Gallery el pasado otoño, que interviene aquí con una combinación de dos piezas, un video y un disco que el visitante puede poner o quitar, ambas protagonizadas por el saxofonista Jemeel Moondoc, formándose así un dueto aleatorio.
Hablando de sonidos y músicas, he comenzado a escribir éste blog en Orly, antes del embarque para regresar a Madrid, y debo decir que estaba sorprendido por la selección musical que sonaba durante el despegue: ¿cómo es posible que pongan unas piezas tan actuales, y que me gustan tanto además? -me preguntaba. Eso sí, la calidad de l sonido no era demasiado buena, y el volumen algo excesivo, especialmente una vez finalizado el despegue…poco habitual en éstos vuelos. Cuando me dí cuenta de que todas las miradas de mis vecinos de asiento se centraron en mí al sacar el Ipad de la bolsa para seguir escribiendo: no paraba de cantar…
Pd. Hace poco me contaron una anécdota que viene a cuento: en un concierto en el Metropolitan, el director de orquesta tuvo que parar en seco ante la cuarta interrupción por el sonido de un móvil, e invitó al dueño a contestar…Por lo visto, el protagonista pidió ser escuchado en un programa de radio unos días más tarde, ante la viralidad con que se difundió la noticia: era un hombre de negocios que acababa de cambiar de blackberry a Iphone, ante el cual era analfabeto; le había pedido a sus nietos que lo silenciaran antes de ir al concierto, pero no habían desconectado una alarma cuyo sonido no reconocía, de manera que él era uno más de los espectadores escandalizados por el supuesto boicoteador que no silenciaba su terminal…